Así es como, según Maxwel Brand “todo niño debería crecer con la convicción de que no es una tragedia ni una catástrofe cometer un error”. Por eso en las personas siempre ha interesado más el saber cómo se reponen de los fallos que el número de fallos que cometen. Ya que el arte más difícil no es el de no caerse nunca, sino el de saber levantarse y seguir el camino emprendido. Temo por eso la educación perfeccionista. Los niños educados para arcángeles se pegan luego topetazos que les dejan hundidos para largo tiempo. Y no pequeño porcentaje de amargados de ese mundo surge un clan de los educados para la perfección. Los pedagogos dicen por eso, que es preferible permitir a un niño que rompa una vez un plato y enseñarle luego a recoger los pedazos, porque “es mejor un plato roto que un niño roto”. Es cierto. No existen hombres que nunca hayan roto un plato. No ha nacido el genio que nunca fracase en algo. Lo que si existe es gente que de sus errores sólo saca amargura y pesimismo. Y sería estupendo educar a los jóvenes en la idea de que no hay una vida sin problemas, pero lo que hay en todo hombre es la capacidad para superarlos. No vale realmente la pena llorar por un plato roto. Se compra otro y ya está. Lo grave es cuando por un afán de perfección imposible, se rompe un corazón. Porque de eso no hay repuesto en los supermercados. ★